Llegué a levantar los procesos de un área donde la media de edad rozaba los 60 años.
Había una persona que llevaba 40. Cuarenta años en los que había pasado por numerosos departamentos, acumulando una visibilidad transversal que no recoge ningún manual. Cuarenta años sabiendo exactamente cómo funcionaba todo. Y desde el primer día me dejó claro que no iba a sentarse conmigo. Que después de tanto tiempo no iba a cambiar nada. Que si la empresa quería echarlo, que adiós. Y que desde luego no iba a dedicarle su tiempo a una consultora externa.
Así que me senté con el resto del equipo.
Esto siempre funciona. Y hay que observar con quién le molesta más que te lleves bien. Las rivalidades, los egos, las pequeñas envidias o recelos acaban reflejadas en las expresiones, en las miradas. Y eso, para mí, es información.
Lo vi enseguida. Le molestaba que me riese concretamente con uno de sus compañeros. Que hiciésemos el café juntos. Que ese compañero —tan solo tres años menor que él— me dedicara tanto tiempo.
Un día me preguntó, con un tono que mezclaba curiosidad y algo parecido al reproche, qué tenía yo que hablar tanto con "el otro".
Y yo, con toda la intención del mundo, le dije que "ese otro" era un pozo de sabiduría. Que el trabajo que había hecho durante todos esos años iba a quedar documentado con el rigor que merecía. Que su conocimiento no tenía límites y que permanecería cuando ya no estuviese en activo. Que las nuevas generaciones leerían esa documentación y lo entenderían todo.
Vi cómo algo cambiaba en su cara cuando escuchó la palabra "permanecer". Y es que nadie quiere desaparecer del todo. Nadie quiere caer en el olvido. Y ese caramelo que yo le había puesto en la mesa era muy golosón.
Me miró con los ojillos brillantes pero con su seriedad habitual me dijo que cuando acabara con "el otro", fuera a su mesa.
Y fui. Y no paró de hablar. Me contó los procesos, las mejoras que llevaba años viendo y que nadie había recogido, todo atropellado pero con unas ganas que no esperaba. Y fueron esas ganas las que hicieron posible una documentación digna de cualquier biblioteca corporativa.
Porque eso es exactamente lo que se pierde en las empresas cada vez que alguien se jubila sin que nadie se haya sentado a escucharle. Perfiles que hoy tienen 60-64 años pero no los han tenido siempre, y que acumulan un conocimiento de la organización, de sus procesos, de sus atajos y de sus errores históricos que no existe en ningún otro sitio. Recogerlo no es un trámite. Es conservar algo que, una vez perdido, no se recupera.
Porque el conocimiento que vive solo en la cabeza de las personas no desaparece cuando se jubilan. Desaparece mucho antes: cuando deciden que ya no merece la pena compartirlo. Y eso casi siempre ocurre cuando nadie les ha dicho que lo que saben importa lo suficiente como para conservarlo.
La documentación no es burocracia. Es memoria. Es el único mecanismo que tiene una organización para que el conocimiento de las personas sobreviva a las personas. Sin ella, cada jubilación es un incendio silencioso: no se ve el humo, no suenan las alarmas, pero algo que tardó décadas en construirse desaparece sin más un viernes por la tarde con tarta y aplausos.
Si en tu empresa hay alguien que sabe demasiado y no está escrito en ningún sitio, es el momento de hacer algo con eso. En circuit68.com te cuento cómo lo hago. Y si quieres hablarlo directamente, aquí tienes 30 minutos sin coste:
Añadir comentario
Comentarios